El maniqueísmo progre - por Luis García Miró Elguera

Fuente/Source: expreso

El maniqueísmo progre


por Luis García Miró Elguera

La retórica destructora del politicocorrectismo es el peor ingrediente que tiene la política peruana. Bajo la premisa demencial que es corrupto –o fujimontesinista, el facilismo preferido de la mafia progre– todo aquel que no piense igual que ella, el país ha sido polarizado entre buenos y miserables por la izquierda Gucci. Donde los buenos son, desde luego, los esperpénticos caviares y delincuentes todos los demás. No existe daño más grande para una sociedad que intoxicarla de ese falaz contenido de honorable que se atribuye –en solitario– la progresía, solo para reciclarse como  moralina y ultrademócrata; condiciones que intrínsecamente repudia. No obstante, la zurda sudaca reconoce que le conviene exhibirlas como activo propio porque sabe que limpieza y democracia es lo que exige la sociedad a sus autoridades políticas. Y la progresía  comodona no pierde la esperanza de ganar una elección. ¡Algún día!
Desde finales de los 90, la progresía campea en el país so pretexto de enarbolar la bandera anticorrupción y el escudo demócrata. Consiguió el socialismo capitalizar ambos valores adueñándose de la batalla contra aquel virus ponzoñoso que se auto inoculara el fujimorismo. Esa guerra la empezaron a impulsar las fuerzas políticas tradicionales –Apra y PPC– pero las neutralizó la zurda Gucci, al escoger a Valentín Paniagua, inexperto y manipulable, para iniciar la transición. Después promovió a Alejandro Toledo –también sin oficio y muy dócil– en las elecciones de 2001, en vez de apoyar a aquellas dos tiendas políticas tradicionales que habían luchado contra el fujimorismo. El ataque mediático que desató entonces la progresía fue espantoso. Y millonario. Contó con la complicidad de la llamada gran prensa, en ese momento entregada a la sensualidad de las oenegé –manejadas por los progre– que repartían publicidad pagada con fondos extranjeros e invitaban a los directivos de periódicos y canales a pasearse por el mundo entero, asistiendo a glamorosos y muy costosos “seminarios” orquestados por la progresía internacional. Esto es historia conocida.
A partir de ese momento –superado Paniagua e instalado Toledo– los progre fueron el centro del poder. Manejaron al régimen democráticamente elegido con la fórmula del chantaje permanente. Cualquier negativa del gobierno a los afanes infinitos de la progresía –de las oenegé en concreto– era denunciada a cuatro voces como intento de desviar la gestión política hacia el campo de la corrupción fujimontesinista. Nadie desde el Ejecutivo –ni el Legislativo– se atrevía a desmentir a aquellos mastines de la progresía –falsos valores que aún siguen allí, pontificando en los medios, habiendo sido serviles pagados por el fujimorismo– lanzando infundios a través de esa prensa entregada a las oenegé, convertidos en todopoderosos gurús de la neodemocracia. Es decir, una maniquea coacción a la libertad de pensamiento al más clásico estilo estalinista, que pretende así desintoxicarnos de la corruptela fujimontesinista. Y en esa seguimos los peruanos, divididos entre limpios y sarnosos. Calificación abyecta inventada por una mafia de cien o doscientos mequetrefes que fungen de príncipes de la corrección política, rentable invento de la progresía que esconde sus pasiones, extorsiones, traiciones y sinvergüencerías para controlar el poder sin tener votos.      expreso

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